martes, 12 de abril de 2011

Et tu quoque, fili mi

Sólo el tártaro de graves lamentos
sabe cuán puro y duradero,
es el odio del hombre.

Brillante joya tenebrosa,
un púrpura resplandor putrefacto.
El violento corazón de los vejados
que aguarda agazapado
la llegada del minuto exacto.

¡Observa el impoluto resplandor
de la daga en mi tensa mano!
Como una promesa de amor,
como la fe de un devoto.

Rencor lo llamo.